Falla y sigue.

Dime si esto te suena: fallar es un fracaso.

No voy a escribir un post de mensajes Mr. Wonderful, pero no vamos a negar que este es un pensamiento extendido y muy poco útil.

Fallar es un fracaso si no haces nada después del fallo. Si desistes del empeño inicial, si dejas de intentar lo que has fallado, entonces si, el fallo se convertirá claramente en un fracaso.

Te propongo otra manera de enfocarlo.

Haberla la hay. Y en realidad la conoces.

Porque todos hemos aprendido a montar en bicicleta (si tu no, deja esto e inténtalo, que nunca es tarde si la dicha es buena).

Cuando aprendemos a montar en bici lo hacemos a base de fallos, de manera gradual e incorporando cada aprendizaje al siguiente intento.

Y esa es la única manera.

¿Por qué luego nos cuesta tanto aplicar este método de aprendizaje en otros ámbitos?

Déjame que te de otro enfoque. Un fallo en el arte…

A veces se llama boceto.
A veces se llama prueba.
A veces se llama primera versión.
Y otras veces, ni siquiera se nombra: simplemente pasa, y seguimos.

Parece que el fallo en el arte tiene una cualidad menos indeleble más reversible.

A veces incluso lo convertimos en otra cosa. Nos sirve de material para la siguiente idea.

Una pieza de barro que no sale como esperabas, una coreografía que no fluye como debería, una pieza musical que se atasca. Sin esos “fallos” no existiría la obra final.

En la cultura en general existe pues una amplia tolerancia al fallo, entendiendo que forma parte del proceso y del resultado.

Lo curioso de todo esto es que cuando salimos de ese terreno y entramos en el ámbito profesional, el fallo cambia de nombre.
Deja de ser prueba. Deja de ser proceso. Y aparece incluso la CULPA.

Y aunque el concepto de culpa lleva tiempo dándome qué pensar, no me quiero desviar del objetivo inicial.

Tratamos el fallo como una etiqueta, un “esto no puede volver a pasar” o peor, una pérdida de confianza.

Tampoco voy a romantizar en exceso el fallo (bueno, el día que yo romantice algo llamad a un médico), ni a excusarlo el 100% de las ocasiones, porque ciertamente hay veces que genera consecuencias reales y graves, pero incluso en ese caso, el enfoque adecuado sería aprender, ajustar y volver a intentar.

Leía en el famoso libro de Dale Carnagie “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas” (que mis hijos ya han heredado y leído como rito de iniciación a su vida social adulta) la historia de un empleado que comete un error grave en el mantenimiento de un avión. Todo hacía pensar que sería despedido. Sin embargo, el propietario del avión decidió confiarle de nuevo la responsabilidad al día siguiente: acababa de invertir demasiado en su aprendizaje como para perderlo ahora. El fallo no se castigó, se convirtió en experiencia.

Creo que muchas empresas quieren innovación, pero no están preparadas para pagar el precio que conlleva. O simplemente no conocen el proceso real de esta innovación.

Tal vez debamos aprender del mundo del arte para ver que crear implica fallar, mejorar implicará rehacer y para avanzar debemos probar. Probar a tratar nuestro trabajo como una obra, que requiere revisiones, borradores y ensayos y tratar el fallo como una pista, no como un fracaso.

Y seguir adelante.

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